
Este atardecer no he necesitado soñar; sólo miré la mar y me devolvió, en un reflejo celeste, tus ojos húmedos. Después, galopé veloz a las profundidades de tu vientre. Permanecí allí en un rítmico vaivén hasta que el goce nos llevó a los campos de la dicha. Me tuviste retenido entre tus muslos y la noche se nos fue consumiendo entre las brasas.

