
Algunas mañanas, horas antes de amanecer, salgo a la mar y te veo en cada ola que rompe la quilla o en cada golpe de mar que golpea contra una amura. Después, te oigo en cada una de esas nubes anaranjadas que se nos calzan en gris marejada. Luego, te descubro, insolente y orgullosa, en cada uno de los insultantes rayos que se abren paso en el levante que me comprime bajo las iletradas corrientes. Por último, te desvaneces en cada uno de los jirones de niebla que, eterna, me acompaña. El viento canta la monotonía de un ritmo pausado y acunante.













