
Me muestro desnudo, dejo la ropa de la esperanza en un hatillo bajo un naranjo centenario. Camino desnudo a ti, perdiendo mi decoro y mi pudor por el sendero. Desnudo me detengo, olvidando la capa de miedo que ayer me protegía... Y me lanzo hacia tu corazón, vieja niña sin edad ni bruma, para destruir mi desnudez en un grito de pasión rebelde. Me acoges y nos rompemos en uno. Luego, jadeante, calzo mis sandalias, visto mi camisa de azulina plata y mis calzones de algodón robado. Me alejo y el griterío de los niños del colegio cercano me estrella contra lo cotidiano.
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