
Pongo mi mejilla junto a la tuya, mientras, con mi mano izquierda fabrico un cuenco de rosada arcilla que acaricia tu pecho. Noto que tu vientre se estremece en cientos de ondulados suspiros que me transportan a las estrellas que hay donde termina el infinito y comienza la nada. El suelo se torna tan inestable que nuestras soledades vuelan por los compases mágicos de la música. Hacemos mil veces el amor en un segundo y los turistas te fotografían sin entender nada.
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