
Sé que, bajo tu piel de ladrillos terrizos, tienes una epidermis de terciopelo rojo. Cuando te acaricio siento en mis dedos el murmullo cálido de la tela y no el frío y arcilloso golpe de tu abrigo. En momentos difíciles, un prisma de terracota parda me impide llegarte; entonces, te suplico con un gesto humilde y me devuelves indiferencia. Aún no han llegado los tiempos del desamor y esto sólo ocurre en los temores.
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