
Llego... te miro... respiro profundo... me peñizco el rostro... trago saliva... me ajusto la chaqueta... me quedo mudo... ... ... y sigo mi camino. Dama, devuélveme a la vida.

Algunos días, te vienes a mí ligera y alegre, gimiendo vida y ternura; pero, otros, te escondes entre las palmeras y te ocultas entre las luces del primer sol. Aparto las grandes hojas y te descubro sublime y diosa, con una gota de color en tus mejillas. Intento hablarte y me aturdo de ilusión, las palabras me brotan emborronadas por un tintineo nervioso. Me retiro con un rubor afligido y cruel, pensando en quién seré yo para entender tus razones, Enladrillada Dama.

Está esperando tu canto, está esperando tu risa, está esperando tu aliento, está esperando tu coraje, está esperando tu tiempo, está esperando tu abrazo, está esperando tu agua, está esperando tu fuego, está esperando tu despertar sereno y tu brío, está esperando en la sombra... está esperando... Y tú, dormida en la mañana, te desperezas mientras la paz te sigue esperando. A veces, Dama, eres caprichosa y altiva, como si la vida no llamase a tus adentros.

Sé que en otro tiempo has estado en noches de amor y jazmines. Sé que algún rey sembró esas flores blancas a tu alrededor para que su olor te turbara. Sé que te emborrachaste de sus besos y que gozaste de pasión hasta el amanecer. Por eso, esperando que nos inunde la luna y los olvidos, te he traído un ramillete de perfumadas flores blancas que crecen en la tapia de mi jardín.

El sol ha reventado con fuerza esta mañana, apenas había comenzado a ponerse en escena cuando fui a verte, Dama. Te encontré orgullosa y cautiva en tu pedestal de filigrana. Me alejé en silencio y derramando una diminuta lágrima de celos. ¡Cómo estalla tu altivez en estos días!
Como sé que no me necesitas, me iré durante un tiempo a la mar y te soñaré entre las olas y el viento. Ya me contarás cómo te ha ido.