
Algunos días, te vienes a mí ligera y alegre, gimiendo vida y ternura; pero, otros, te escondes entre las palmeras y te ocultas entre las luces del primer sol. Aparto las grandes hojas y te descubro sublime y diosa, con una gota de color en tus mejillas. Intento hablarte y me aturdo de ilusión, las palabras me brotan emborronadas por un tintineo nervioso. Me retiro con un rubor afligido y cruel, pensando en quién seré yo para entender tus razones, Enladrillada Dama.
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