
Hola, Dama. Hace unas semanas la vi difusa y cercana y hoy te voy a decir de la muerte. Nada nuevo, tú has vivido muchos infortunios y, seguro, te conoces a la negra señora mejor que yo, que simplemente la recelé en la cercanía de una piel fría que dormitaba a mi lado.
Se me ocurre como el final de esa novela en la que presientes la última página cuando sólo vas por la ciento veintisiete. Me la imagino amiga y compañera de los juegos que desde la infancia te acompaña. La sospecho como la traición sufrida y presentida. La atrapo como el viento de levante que infla las velas y me lleva a la fría soledad. Le doy la bienvenida cuando el cruel sufrimiento te recompone en tiempos artificiales e impositivos. La dejo rodar por mi mejilla mientras apoyo la frente en la aséptica pared de la noche. La quiero suponer de los mil colores que unas alas de mariposa esparcen por la rosaleda de un desorientado jardín.
Ahora me detengo y te veo una mueca de complicidad:
-¡Qué joven eres, mi amante ingenuo! ¡cuánta muerte te queda por vivir!
-Ábremé el libro de toda tu intemporal experiencia y permíteme que lo penetre como, en sueños, gozo de tu sexo de cristal y púrpura.
(Dama, yo sé que Eros practicaba cantos y juegos por las lápidas corroídas desde el principio de Zeus)