
En los días pares de los años bisiestos, sólo en señalados días pares de penuria mística, nos envolvemos en una virtual burbuja de lujuria y permanecemos horas fornicando entre el ruido de los cascos de los caballos de las calesas y el clickeo de las cámaras de fotos de los turistas monótonos. Todos nos miran y nadie nos ve. Pero una adolescente enamorada nos capturó en una instantánea de su camarita digital; huyó ligera hacia sus compañeras de colegio para mostrarles su comprometida foto. Un coro de risas pavas se nos hizo cómplice. Sonó un tintineo especialmente agudo que se perdió entre los murmullos nerviosos de las chiquillas y nos dejamos morir jugando con los días pares de los años bisiestos, pero sólo en señalados días pares de penuria mística.
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