
He acariciado sin codicia tu vientre y he encontrado como tu piel temblaba entre mis dedos. Contemple tu mirada gris de emigmática bruja y disfruté de tu hechizo. Las arrugas de tus ingles se me tornaron fuentes de vino rojo y me embriagué hasta el olvido. Tú, Enladrillada Dama, permanecías quieta; perdida entre el gozo y la memoria; yo te relataba cuentos y leyendas de sicarios oscurecidos, de intrigantes danzarines y de bellos mendigos. La luna aún no se había escondido y al sol le costaba salir del reino de las tinieblas.
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