
Cuando dejo un rato mi mirada en ti, una luz de fondo abrasa mi alma. El vello de mis brazos se eriza inquitante y turbador. Todo mi cuerpo se construye en temores y la paz desaparece. Luego, me sosiego; te nombro, Dama; adivino tus ojos de diosa eterna y la armonía se apodera de mi, como un niño mecido en el regazo de su madre. ¿Qué hay en ti, que te sigo buscando entre la neblina cada mañana?
No hay comentarios:
Publicar un comentario